El sentimiento de culpa siempre ata. Siempre arrastra. Es el monstruo contra el que lucha una conciencia deseosa de tranquilidad, pero desde el día en que nacemos hace un mínimo acto de presencia, para no desaparecer jamás.
Creo recordar que fue San Juan de la Cruz quien confesó en sus memorias que, de niño, había hurtado algunas peras para comer, estando en compañía de sus amigos. Dado que lo hizo por puro divertimento, una poderosa sensación de desgracia se apoderó de él, por tan infantil acto, hasta bien entrada la madurez.
Ojalá todas las conciencias arrastraran un crimen tan insignificante como el robo de una pera. Pero cada uno combate a sus monstruos hasta que uno de los dos, conciencia o culpa, se rinde: es entonces cuando comienza el cambio, la muerte que precede al nacimiento. Kafka se siente insignificante, y Tolstoi se escapa en mitad de la noche con su médico y su hija.
